Exposición - Trovas de melancolía - Rafael Mediavilla

EL PODER DE LA SUGERENCIA.

La capacidad narrativa de una mancha azarosa. El fondo “reaprovechado” cuyo fin no es conocido al comenzar el cuadro. La pintura de Rafael Mediavilla fluye de modo casi orgánico, nace de dentro del soporte como le “nacían” a Miguel Ángel las esculturas del mármol. Si no hay un colosal bagaje de saberes técnicos y teóricos eso no puede pasar, pero el caso es que, afortunadamente, estamos ante un sabio de la pintura. La naturaleza tumba todo el saber, echa abajo todas las teorías artísticas, como dijo Renoir, pero sin ese saber, sin el conocimiento, no hay pintura posible. Por eso Rafael Mediavilla, ante cada nuevo cuadro, armado con conocimiento y lecturas, con erudición de alquimista y bagajes históricos, ataca con fiereza a la naturaleza, dispuesto a doblegarla para que llegue al espectador lo que él anda buscando, muchas veces sin saber dónde o cómo va a acabar, incluso sin saber cuándo va a dejarse terminar el cuadro. Nada así esta exposición de Mediavilla entre un informalismo narrativo y un realismo ecléctico, heredero de cuantas competencias podamos imaginar pero sin traicionar ni al arte, ni al modelo. Así, los retratos, ese “apostolado laico” de amigos, acompañados de simbólicos objetos, cual renacentistas emblemas, minuciosos rostros a la búsqueda de vida emergidos de un fondo neutro, sugieren más que enseñan, pese a la figuración extrema de caras, ropas y manos: esas académicas manos de esmerado dibujo que tanto dicen de cada personaje.

Son sus colores la perfección de la gama entonada, sin estridencias, con sabia combinación. Para cuantos se han acercado a la pintura el color es una obsesión, es más, a veces es la obsesión, algo que siempre está por resolverse y piedra del fracaso de tantos intentos. Rafael Mediavilla, docto maestro de pintura, nos regala una clase en cada paisaje. Nunca un matiz, una sombra o una luz desafinan en su color, pues el acierto y el lugar proceden de algo tan simple, tan sutil y tan complicado como la elección adecuada.

Está la fortaleza del espíritu aleteando en esta exposición. La fortaleza que se trasluce de la poesía: Rafael habla de la poesía sufí, y yo no puedo estar de acuerdo en este reduccionismo, prefiero dejarlo en la poesía, sabiendo que el pintor en este caso también escribe (o escribió) con soltura y éxito en el difícil juego de domesticado del verbo. Aún así le concedo que el misticismo (sea sufí o no) pesa más en sus paisajes que el conocimiento racional de la naturaleza, pues Rafael Mediavilla trabaja engañando a la memoria (¿o es ella la que le engaña a él, como a todos?); trayendo al soporte lo que cree querer recordar. Al final, sea un proceso o el inverso el pintor ha creado su mundo, que ni es de su memoria, ni de la colectiva ni, por supuesto, de la naturaleza. Identificación del sujeto con la verdad: ni hay sujeto ni hay verdad.

Noblemente, con la veracidad que da la intimidad del estudio, rodeado de sus creaciones, a las que trata con el mismo amor que displicencia, pasando de encendido elogio de lo que hizo con este al arrinconamiento en desordenado del otro, en ese recogimiento, cuando es Rafa, reconoce y no puedes negárselo, que ser feliz en la vida es cosa de cinco minutos, generalmente no seguidos. Cada uno toma su camino persiguiendo esos cinco minutos; nuestro protagonista lo hace armado de tantos bagajes intelectuales como podamos imaginar, batería de conocimientos de las artes. Así, al final en la verdad-soledad del pintor ante el soporte, se pone a manchar, frotar, lavar, dibujar y desdibujar, abandonar para volver, hasta que llena esos enormes lienzos como si pequeñas obras fueran o, al revés, creando pinturas menores como si fueran a decorar una catedral.

Ignacio González de Santiago

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