Exposición - Francisco Ortega - Recorrido vital

Francisco Ortega. Recorrido vital.
Razones para una selección

Toda antología no deja de ser, en rigor, un fragmento. Una parte –mínima por fuerza– de un todo inabarcable. Obras solo imaginadas; o que no pasaron de meros bosquejos y bocetos; creaciones apenas enunciadas y proyectadas; piezas inconclusas; formas en permanente revisión; figuras que resisten casi latentes, siempre aplazada; proyectos definitivos y acaso evocados una y otra vez, como una presencia segura a la que recurrir cuando se hace necesario un terreno firme sobre el que pisar, conforman un inseparable indiviso que se suma a lo cierto, a lo ejecutado sin dudas, a lo resuelto,
a lo consciente, a lo que de verdad un autor reconoce como propio. Una vida, una trayectoria, construida con anversos y reversos, con lo tangible, pero también –y aún más en el caso de un artista– con lo sensible. Pareciera que tratándose de un escultor el objeto –lo concreto, lo sólido de la realización material– debe acabar anteponiéndose a la emoción, a la poética que antecede a la ejecución de la forma definitiva. ¿Cómo tener en cuenta, entonces, cuanto da sentido, cuanto decide, cuanto conforma en verdad la obra creada? ¿Cómo incorporar anhelos, descartes, soluciones, atisbos?
¿Cómo concentrar y detener el tiempo a la par, estirarlo y agruparlo de manera racional para que cuanto se muestra al espectador tenga sentido? Sin duda alguna proponiendo una lectura de la obra propia desde la pasión, desde el amor por crear –desde el amor por seguir creando–.

Modelados, escayolas, barros y resinas. Gérmenes de trabajos de Francisco Ortega surgidos en los años setenta cuyo destino final no siempre pudo concretarse en la fundición de bronce. Hoy esas obras se antojan indispensables. No solo cercanas y espontáneas, sino cabalmente conclusas. En ellas, la huella de la mano del artista, perfectamente visible, nos acerca a un tiempo de agitación social, de compromiso en el que la forma precisaba contundencia. Es una obra narrativa, elocuente y directa, resuelta en volúmenes plenos y relieves colmados de matices. Casi podría decirse que
respiran color si Ortega no hubiera manifestado, en más de una ocasión, su escasa querencia por la pintura y su favoritismo por el dibujo. En aquellas obras de los años setenta convivían por igual la preocupación política (Llanto por Vitoria y Hombres atados, bronces de 1976 y 1977, El emigrante, escayola de 1978) con el relato de lo cotidiano, con la crónica objetiva de lo normal, de lo diario. El bronce de 1979 Esperando, o las escayolas de 1980 Madre e hijo abrazados y Niño en patinete nos hablan de un escultor atento a los cambios del momento, a los intereses que el arte de ese
tiempo persigue, a la cercanía con las novedades que la nueva figuración española de los años ochenta planteaba.

No dejan de sorprender los comienzos de Ortega en el mundo del arte. Una infancia de niño dibujante que se recuerda a sí mismo pegado a los lápices, carbones o sencillas ramas con las que rascaba sobre la pared el retrato de un vecino o un familiar. Sin posibilidad de ver arte, sin ninguna fuente de conocimiento próxima que le permitiera atisbar su propio camino, Ortega trazaba sobre cualquier superficie cuanto veía. Prefería lo inmediato y lo natural: árboles, riveras, lomas, casas insertas en el paisaje. Con apenas diez años asiste en Burgos a la Escuela Provincial de Dibujo e inicia su formación de la mano de Fortunato Julián y Jesús del Olmo. Recuerda Ortega una pasajera crisis en la adolescencia que le apartó momentáneamente de la senda emprendida en la juventud primera.

Será una vez cursados los estudios de Magisterio y tras aprobar la oposición como maestro cuando, se incorpora a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando con veinticuatro años. Relata Francisco Ortega que allí llegó con la intención de cursar la especialidad de pintura. Pero en el curso de preparatorio, común para pintores y escultores, quedó cautivado por la especialidad de escultura. Modelar resultó para él tan natural como dibujar y la fortuna quiso que, además, los profesores de entonces encontraran en Ortega a un compañero cercano y afín. El murciano Francisco Toledo y el gaditano Juan Luis Vasallo Parodi, junto al gran maestro Enrique Pérez Comendador fueron también sus iniciales mentores. Escultores –y profesores– que dotaron a la forma clásica una nueva dimensión y cuyo eco, sin duda, se hace patente en el modo en que Ortega resuelve la figura desnuda. Cuerpos femeninos que nacen de un bloque, se elevan y a la par se funden con él formando un todo. Hablo de obras como Nievitas, de 1985, o En lo alto acurrucada, de 1995, realizadas ambas en piedra de Calatorao, hablo también de otras más tardías como Esclavos, sobre el mismo material y protagonizada por una anatomía masculina sintetizada, robusta y cercana a la geometrización.

Esa evolución hacia el volumen más sobrio, que conlleva el análisis de la forma y su depuración, se aprecia con claridad en obras como Desnudo en lo alto, de 2013, Desnudo emergente, del mismo año, u Ojos que no ven, de 2015, las tres en piedra rosa de Sepúlveda: sencillez, economía gestual, y concentración de una masa que parece brotar espontánea del plinto que la sustenta. No sería excesivo aventurar que una parte del trabajo de Ortega lo determina el material elegido para su fábrica. Cuando emplea resina de poliéster las formas se arraciman, se superponen, parecen disputarse el espacio entre sí. Surgen detalles y elementos descriptivos que nos devuelven a la obra primera de los años setenta. Me refiero ahora a trabajos como La feria de ganado, de 2006, a encargos de estatuaria pública como IV Centenario del Quijote, de 2005, o Peregrino, de 2010, pero sobre todo a Sunami, la escalofriante escultura de 2005.

Ha querido Francisco Ortega que la obra escogida para este Recorrido vital que aquí se presenta recuperara muchos de sus trabajos iniciales, ha elegido también piezas menos conocidas y ha prescindido de otras que han podido ser vistas por el público en exposiciones anteriores. Pero sin duda hay un hilo conductor en la elección propuesta: el rigor por el trabajo, la ausencia de afectación, el deseo de transmitir calidez, de anteponer la tensión que conlleva la realización de una obra de arte –las dudas, los aciertos, la inquietud– a su materialización final. Larga vida al arte. Larga vida a los valientes.

Javier del Campo

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